martes, 10 de junio de 2014

"Anotaciones de un viajero incansable"


 
OMAN
 

Puerto importantisimo, decenas de puentes grúa y miles de containers. Calcule en un barco unos 1500.

Panorama árido… eso es lo que predomina. Sí, el agua es muy verde en algunos lugares, hay palmeras, hay plantas con hojas de color rojo, y hay flores, pero todo parece inserto artificialmente en el polvo. Porque esta zona costera no es el desierto. El desierto está detrás de las montañas que se ven al fondo. ¡Como será!

Siempre son muy pintorescos los hombres de larga bata blanca, el chofer está así también.

Visitamos unas cuevas esculpidas en la roca, con agua que surge del piso como un geiser cuando allá abajo las olas golpean contra la roca porosa y la presión la empuja para arriba.

Vemos árboles de incienso, lindísimo aroma.

La ciudad, toda nueva, edificios cuadrados color arena, lindos, pero salís de la puerta y te encontrás el polvo. Re-angustiante vivir así. Con razón tengo el recuerdo de que en las 1000 y una noches, cada vez que querían describir algo lindo describían un jardín. Para ellos debe ser como para nosotros las piedras preciosas.

Hay un Sultán o similar. Vive en Muskat la capital, a 1000 km, pero tiene 3 palacios aquí en Salalah. Cada uno tiene como 10 manzanas construidas.

Pero no se roba toda la plata, lo reconocen como el gran desarrollador de Oman, escuelas, hospitales, carreteras y puerto principalmente porque está en una ubicación estratégica.

Caso raro, pueden tener 4 mujeres, pero este tuvo una, se divorció y no se casó más. Tiene mas de 70 años y no tiene descendencia. Va elegir su sucesor, entre los que considere apropiados. Si no le gusta al pueblo, se reunirá el Consejo de Familia y elegirá.

Se puede tener hasta 4 esposas, cuenta el guía. El vive con su hermano. Pero tiene un primo que tiene 4. Y 17 hijos con una sola, no sé si el primo u otro.

Viven en la misma casa las esposas, o si uno tiene plata le da un departamento a cada uno.

Como son solo 3 millones de personas en un Estado relativamente grande, sobra el espacio. Entonces la gente tiene casa. El estado les asigna su terreno a todos.

El guia es técnico o ingeniero marino. Pregunta muchísimo sobre el crucero, cómo es, que se come, cuánto cuesta, cómo es la Argentina. Como es joven, su primera reacción no es Maradona sino Messi. Creo que aprendió tanto él sobre la Argentina como yo sobre Omán.

Visitamos una mezquita enoorme, muy moderna, muy linda. Los grandes espacios abiertos son lindos. Con una araña impresionante. Pienso que debe haber uno o más empleados solo dedicados a la araña. Impresionantes las facilities para las abluciones. Miles de piletas una al lado de la otra. Esto es injusto pero me hacer recordar la visita a Auschwitz donde también había larguísimas filas de lavabos.

Vemos fuertes, tumbas, cementerios y un pueblito pesquero muy pintoresco.

Mucho más no hay.

 

JORDANIA

Aqaba es un puerto libre re importante. Alquilo auto, un Peugeot usadito pero en buen estado. A largarse por las rutas jordanas, hay solo 2 pero son buenas.

A Wadi Rum, en el desierto. No es desierto de arena, que la tiene y roja, pero de piedras. Miles de formaciones rocosas que despiertan la imaginación. Castillos, elefantes, púlpitos, puentes… es fascinante y saco demasiadas fotos.

Se trasborda a una 4x4, en estado ruinoso, viajando atrás en la caja sobre colchoncitos elegantes. Maneja un muchachito beduino, con su ropa tipica. Re-pintón, se debe hacer un picnic con las turistas.

Tienen muy buen humor, son re-jodones. Desde decirme que si no me había llegado el mail porque no tenía lugar y luego ante mi cara decir it’s a joke, hasta manejar subido al estribo parado con una mano adentro agarrando el volante sobre un camino con piedras… si daba un barquinazo y se caía, quedábamos en la caja de una camioneta sin conductor…. con razón no hay un solo yanqui haciendo este tour que no cumple con las normas de seguridad.

Se para en diferentes lugares donde se trepan médanos, se toma el té, se escalan montañas, se atraviesa un desfiladero que obliga a trepadas que podrian estar indicadas no aptas para mayores de 50… menos mal que hago gym casi todos los días y mis músculos están fuertes.

A la noche se llega a un campamento. Como 30 carpas, altas, lindas de afuera y muy lindas de adentro, tapizadas con telas calidas, algunas con camas otras con colchones.

Un edificio re-moderno tiene los baños impecables.

Vemos dos helicópteros. Nos cuentan que es el rey Abdullah que viene a su propia carpa del desierto. Le encanta. Anda en moto, se pone ropa local. Igual no es tan popular como su padre Hussein. Su camping está a 500 metros del nuestro. No entiendo por qué no me invitó a cenar.

Cena alrededor del fogón, comida beduina, muy rica, no picante, cocinada en agujero en la tierra, a la brasa. Se come sobre colchonetas en el piso…nunca aprendí la posición flor de loto así que no sé donde poner las piernas.

Tocan música, bailan, algunos fuman hachís… hubiera probado pero nadie me ofreció.

Se puede volver en camello pero prefiero camioneta porque tengo que llegar a Petra.

La experiencia es inolvidable. Los beduinos además del humor son re-cálidos, a veces se saludan con 6 o más besos mostrando una alegría enorme de reencontrarse.

En esa zona hay 2 tribus. Antes todos deambulaban, pero ahora se hizo el pueblo Wadi Rum y viven ahí al menos 6 meses y vagan el resto.

Nuestro guía tiene 29 hermanos de las 3 esposas de su papá. ¿Cómo será la vida en familia? Pregunté luego a un guía. Se pueden tener las 4 de ley, si se las puede satisfacer, supongo que económicamente y físcamente. Algunas veces viven todas juntas, otras separadas.

Es la mejor experiencia en bastante tiempo, por la impresión que da el desierto, la forma de las piedras, las caminatas a través de los desfiladeros, la puesta de sol, la cena, el dormir en la carpa, la noche… a las 3 a.m. me quedé como una hora mirando las estrellas…

 
Manejo hasta Petra. Lástima que justo llegó el Queen Elizabeth con 3000 pasajeros, y me aturden los buses… luego se diluye un poco la muchedumbre.

Petra tiene los mismos desfiladeros y rocas, más centenares de edificios hechos por los árabes primitivos y luego conquistados por los romanos. Fue una ciudad hiper activa, en un cross road comercial… el tamaño impresiona. Salvo Roma y quizás Pompeya, no recuerdo tal tamaño y calidad de ruinas… lástima que todo fue saqueado a través del tiempo. Además es una máquina de esquilmar al turista. Desde la entrada que cuesta 70 dólares, y si no querés caminar 5 km tenés que ir poniendo otro tanto para algún burrito, camello o sulki.

Vuelta a Aqaba, vemos el movimiento del viernes (nuestro sábado) a la noche, muy vivo y animado. Quiero devolver el auto como planeado pero el que lo alquilo no vino y está cerrado. Lo llamo, y dejo auto y llave a un negocio vecino.

El taxista que me lleva al puerto es simpatiquísimo y orgulloso, claramente al servicio del turista.

Gente buenísima.

 
SUEZ

Luego al Mediterráneo por el canal de Suez. Es como recorrer una parte de Egipto, que está 50 metros a babor con lancha. Re interesante. Una obra de ingeniería fenomenal con una utilidad increíble para el comercio internacional.  Cuesta imaginarse que pasaría si no existiera.

¿Cuánto costará atravesarlo? No logro averiguarlo.

A estribor, la península de Sinaí, todo desierto. ¿Por qué no se la dan a los palestinos que viven tan apretados? Es una superficie como 100 veces o más la que tienen, y se dejarían de jorobar con Israel que es el mismo tipo de territorio.

Hay una caravana de 25 barcos que va en una dirección, como 12 horas, y luego en la otra.

Del otro lado, el Mediterráneo. Ya estamos en aguas familiares.
 
                                                                                                                                             Ricardo Backer
 
 

 

lunes, 21 de octubre de 2013

La adivinanza del Monstruo Intelectual de Ocho Cabezas



                                De forma cambiante, no digo mis años, de barba oscura, de barba
blanca... ¿Qué voy a tener barba?. Enrulado mi pelo, lacio también,
varían sus colores, algunos de mis ojos necesitan ayuda para leer.
 
Infatigable curioso. Qué liera fui de niña, yo reescribí a
Borges, ya no doy propinas, de cuadraditos y de oblongos, elijo
palabras hermosas y recién me lanzo a escribir.
 
Estoy sediento, tomo té, tomo café, fumo en el balcón porque
me molesta el humo. Sé hablar inglés, alemán, eu falo portugués.
No se dice “hace un tiempo atrás”, eso ya lo sé.
 
Gustoso de la buena lectura,
esto que acabo de leer es ex-tra-or--di-na-rio.
Psicóloga, ingeniero, arquitecta, tengo farmacia,
¿maestra? !no! Yo trabajo de mamá. No tengo hijos aún, pero son
excelentes, traviesos tal vez. Me gusta el tenis, estoy entre la B y la C,
tengo apellido de tenista famoso y nombre de catedral en Francia , así es.
 
O no creen cuando digo que estoy recién casado, con marido lejano,
ya voy por la quinta suegra, el mismo de siempre y no me quejo.
Pero hay algo que no deben dudar: me encanta, me encanta,
me encanta escribir. ¿Quién soy?



Diego Kochmann
Grupo Mallea 1998

MADRE



 

En tu sinceridad de Madre

En sueños me visitas

Hablamos en tu pureza.

El blanco día despunta

Debes partir con premura.

Pero la imagen infinita

Queda grabada, bajo

El marco celeste del manto.

Tu perfil perdura en los tiempos,

Recuerdo el mensaje.

Tras años me viste buscar.

Develado el misterio

Nadie quiso escuchar.

 
                                                                                                                Inés Punschke

El encuentro




El encuentro

de los amantes comienza

con el aceite aromático de las caricias.

El placer de la exploración del amado y

la generosidad del don que se ofrece,

hacen de estas instancias previas,

momentos sublimes.

La naturaleza posee

los más exquisitos afrodisíacos.

El chocolate y los frutos secos conducen

con su vigor prodigioso

la senda hacia el clímax.

Cuando se alimenta el deseo

y la pasión se derrama

con el ímpetu de un torrente imprevisto,

la danza de los cuerpos corona el rito

que perpetua el amor sobre la faz de la tierra.
 
                                                                                                 
                                                                                         Luisa Malezian
 
 

Mirada retrospectiva



     No hace mucho tuve un deseo, más que un deseo, tuve la necesidad de volver a la casa de mi infancia, para recuperar algunos tesoros que abandoné en ella el día de la mudanza, por ejemplo: la risa de mi madre, la voz de mi padre, el sonido de las patas de mi cocker spaniel, la rayuela que dibujé con tiza, el canto del canario, la fragancia de las azaleas, el olor de aquella torta recién cocida por mi abuela, de chocolate, miel y almendras, el ruido de las fichas de dominó —papá y un tío, jugaban durante horas—, el humo de algún puro, el reflejo del sol sobre ciertos cristales, el barrilete que se le voló a mi amigo Ernesto…

     Y al fin, llegó la tarde tan esperada, la tarde en la que me acerqué a la antigua casa; allí tendría que observar con cuidado, cada cuarto, cada rincón, cada intersticio, para hallar todo lo que había dejado sin darme cuenta.

     ¡Qué sensación extraña me produjo tocar el timbre para poder entrar! Salió una mujer y le dije:
     —Señora, yo viví acá durante muchos años, acá me crié y ahora, después de dos décadas, vengo a buscar cosas que me pertenecen.
     —En mi casa  no hay nada suyo.
    Mientras hablábamos apareció el marido, y preguntó:
     —¿Quién es?
     —No sé, asegura que en casa hay cosas que son de su propiedad.
     —¿De su propiedad? Vamos, ya te aconsejé que no hables con alguien a quien no conozcas, esta gente te embrolla con palabras, gana tu confianza y cuando menos lo pensás la tenés adentro y te desvalija, así como así.

    Les di la espalda, cerraron la puerta y esos bienes amados no regresaron  conmigo, quedaron escondidos en el mismo lugar donde habían nacido, y era lógico, yo nunca les dije que no podía vivir sin ellos.       

 

                                                                                                     Beatriz Tous

 

A la vuelta de la esquina


 
        La experiencia me decía que sería otra de esas noches de sonrisas diplomáticas y comentarios repetidos. La convocatoria de la editorial Abril me reunía cada septiembre con los dinosaurios de la literatura.

        La confitería Clásica y Moderna lucía sus galas de caireles y marquetería tras la última refacción. Me intrigó la presencia de un hombre que no me había sido presentado. Me sorprendió aquel soplo de juventud en medio de tantas personas de más de setenta.  Cuando advertí que se acercaba a la mesa pensé que pasaría de largo, sin embargo tomó asiento a mi lado. “Será porque somos los únicos menores de cuarenta”, pensé tratando de justificar su actitud. Ni bien pudo, empezó a buscar conversación. Conocía de sobra los avances del sexo masculino y hasta me pareció entrever en sus palabras alguna intención oculta. Me preguntó por qué escribía y contesté algo que ahora no recuerdo, lo primero que me vino a la mente. Me miró confuso y prosiguió con total naturalidad como si yo le hubiese dado pie para continuar con la charla.

        Debió ser por mi colgante oriental (eso deduje más tarde) que mencionó que había estado en la India. Me contó que era un país de embeleso, aún en sus marcados contrastes. Me explicó, sin que yo se lo pidiera (por supuesto), que hacía un par de años, antes de viajar, se había querido poner en clima, y había leído algunas novelas de escritores antiguos y contemporáneos de la India.

       Me pareció llamativo su comentario, pero no fue hasta después de un rato que me percaté de que su aspecto me hacía acordar a alguien. Maldije mi memoria porque aunque me parecía tan cercano, no podía dar con el nombre y la circunstancia que me habían reunido con la persona a la que él me recordaba.

       Terminado el plato principal, el soufflé de miel y pasas proporcionó otro motivo para retomar el tema de la India. Trajo a colación que los dulces de aquel país, rescataban los sabores de las frutas secas y la suavidad de la miel, y dejaban un sabor aterciopelado en la boca. El comentario me pareció deliberadamente sensual. Habló  también de los atardeceres de Oriente, y revivió en mí imágenes olvidadas.

          En un descuido rozó mi mano con la intención de pedirme que le alcanzara el azúcar para el café, su voz profunda exhaló un “disculpáme” con toda la intención de quien lanza una red para atrapar una sirena.

       La noche fue agradable, después de la primera impresión, agradecí no haber tenido que aportar aires juveniles a la reunión como había hecho en otros momentos del pasado. Cuando ofreció acercarme a mi casa, argumenté que ya tenía previsto un compromiso. Inventé que unos amigos me aguardaban para tomar una copa en su departamento a unas pocas cuadras de la confitería. La excusa me valió librarme del sujeto, quién sin embargo insistió en intercambiar tarjetas para que nos pusiésemos en contacto para alcanzarme aquellas novelas de las que había hablado.

        Días más tarde, en el trajín de mis tareas de escritora, me crucé con el encargado. Me contó que habían dejado unos libros para mí. En aquel momento pensé que era un envío de mi editor y no le di importancia. Cuando llegué al departamento el paquete quedó a un lado, necesitaba darme una ducha después de tantas idas y venidas. No fue hasta la noche que decidí abrirlo mientras tomaba un expresso en la sala.

      El envoltorio no correspondía a la editorial, algo me hacía intuir que venían de Abril.  Dos libros de exquisita encuadernación custodiaban las novelas en francés. La nota adjunta decía que esperaba que algún día pudiéramos reunirnos para comentar nuestras impresiones. La gentiliza me sorprendió y recordé la promesa del compañero de cena. Sin embargo, lo que me dejó anonada fue su nombre: Gabriel González Moya. No pude contener la risa, un poco por los nervios, otro poco por lo insólito de la situación.  Gabriel G. Moya era el personaje de una de mis novelas inconclusas, uno de esos manuscritos que un escritor atesora para jugar en los ratos libres. Recién en ese instante pude entender aquella familiaridad  que había suscitado en mí.

        Me sugestioné al principio, supuse que aquel hombre había entrado furtivamente a mi casa y que había hurgado en los estantes de mi biblioteca hasta dar con los apuntes de mi novela ambientada en la India. Eso era imposible, nadie conocía mi nuevo domicilio y los pocos que sabían de la existencia de la novela eran personas de absoluta confianza.

        La sorpresa me hizo retomar mi novela. Fue así como me sumergí en un viaje literario a la India. Historias de sultanes y de harems, de mujeres sometidas y hasta de genios maravillosos. Fui Sherezade una vez más, fui bailarina exótica, fui guardia de palacio, fui príncipe, fui ladrón de joyas.

         La curiosidad pudo vencer mi resistencia. Aquellos libros me hechizaron desde el comienzo. El interés iba creciendo a medida que pasaban los capítulos. Empecé a leer la noche de un lunes y mi entusiasmo no me abandonó hasta que habiéndolos terminado exhale un profundo suspiro. No podía entender tanta generosidad, a pesar de ello, decidí llamarlo por teléfono para agradecerle el envío y para contarle la coincidencia de su nombre con el de mi personaje.

         Cuando esperaba un comentario sarcástico sobre mi estado mental, una carcajada estalló del otro lado del tubo.

        –– Recién me vengo a enterar de que me conocías desde hace tanto tiempo ¡No sabía que tenía una vida paralela! Y además escrita por una mujer tan interesante… –– dijo en tono cómplice.

      Sus palabras dejaron en suspenso una historia que aún hoy no ha terminado. La amistad que me une a Gabriel me hace pensar que fue un gran acierto haberlo rescatado de las páginas de un manuscrito dormido en mi biblioteca.

 

Ángela Xul

Elsa Osorio: novela "Cielo de tango"- primer capitulo



 Cielo de tango

INICIOS
No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola.
Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.


A Luis le pareció raro que Le Latina estuviera arriba de un cine. Y ahora que se ha sentado la chica del vestido con tajo, esas piernas de las que no pudo despegar sus ojos desde que llegó, trata de asimilar el ambiente de esa milonga de la rue du Temple a alguna de las de Buenos Aires, pero ninguna le cuadra. Se parece más a una casa que a una milonga. ¡Cómo bailan los franceses!, no lo puede creer. Pese a que le aclaró a Philippe que él no es un gran milonguero (hace tres años que baila nada más, desde que se separó de su mujer), la verdad es que pensaba que en París iba a matar, sólo por ser argentino. Pero después de ver el nivel que tienen en Le Latina, se achicó un poco. Y no trajo a París los zapatos para bailar tango, se puso los que usa para las entrevistas que, al menos, no tienen suela de goma. ¡Como para pensar en los zapatos cuando salió de Buenos Aires! Pero le pareció divertido que su nuevo amigo lo invitara a un bal, como le dice. ¿Por qué no un tanguito en París?
Y por qué no en un amplio sentido, no sólo zafar, como se propuso cuando decidió ir a París a vender los documentales, última apuesta para detener ese tobogán por el que Luis se desliza hace tres años a un arenero sin arena, y vuelta a subir y vuelta a golpearse, sino volver a creer, vivir, crear. Una semana fuera de la atmósfera opresiva de Buenos Aires y ya esa brisa de esperanza. Aunque no haya nada concreto (Philippe le ha dado un contacto interesante, pero ninguna seguridad), Luis tiene la certeza de que, de un modo u otro, va a llegar a hacer lo que quiere.


Ana se ha curado de su tango noir, esa suerte de fiebre que la arrasó durante meses, ese no poder parar hasta lograr el exacto pivot, el refinado voleo, la perfecta cadencia. Ahora sólo el placer de la música y la mano de Pascal en su espalda marcándole esos ochos para atrás, y luego un giro completo con planeo.
A Ana le gustaría que algún hombre la llevara por la vida como Pascal en el tango. Una vez se lo dijo a su padre y él le contestó: te tendrías que casar con Pascal entonces. ¿Con Pascal?, se rió Ana, ¿cómo se te ocurre? Él fue su profesor en Montrouge, aunque hace tiempo que Ana está a su nivel. Nos admiramos y gozamos bailando juntos, pero nada más, papá, le explicó. Es obvio, pero su padre no entiende nada de tango, quizás porque es argentino, o por su historia con la Argentina.
¿Y ella lo entiende? Ahora que bailarlo ha tomado una proporción normal en su vida, quizás sí. Pero cuántas veces se preguntó qué sentido tenía esa loca carrera que inició cuando decidió dejar los cursos de tango que le propusieron en la universidad, e internarse por otros caminos. La primera excusa fue hacer una investigación sobre los papeles del varón y la mujer que actualmente se ponen en juego en el tango. No podría comprenderlo sin entrar ella misma en los distintos ambientes, bailarlo le aportaría otros elementos, se mintió por un tiempo. Pero no fue ese ensayo, que al fin nunca escribió, lo que la llevó de profesor en profesor, de curso en práctica, de un baile a otro, y otro más, a la tarde, a la noche, una sala, un cabaret, una academia, un stage en Toulouse, otro en New York. Tan difícil pasar esa cortina que dividía la práctica de los debutantes de los avanzados, pero Ana no se iba a detener hasta alcanzar la cumbre de la que ya entonces empezó a llamar la «escala jerárquica del tango», con toda la risa que le daba esa expresión, y la conciencia de ese empeño, tan absurdo como inevitable, de llegar a ser una buena partenaire de los grandes, de los verdaderos milongueros.
Tal vez hubiera algo más profundo que no alcanzaba a ver, le dijo alguna vez a Pascal, con quien, excepcionalmente, en esa catarata de lugares y gentes diversas, pudo detenerse a hablar. ¿Quizás su padre, sus orígenes?, aventuró Pascal, sin mayor énfasis (le parecía una preocupación irrelevante, él nunca se lo preguntó, para él la vida es tango). No, estaba segura de que no tenía nada que ver, Ana sólo nació en la Argentina, pero ni se acuerda ni le gusta ese país, ella es francesa. Y jamás ha visto a sus padres bailar el tango.
Entonces se le ocurrió la idea: ella bailando el tango, un original regalo de cumpleaños para su padre. Le pidió a Pascal que la acompañara. Y él le dio el gusto, no sólo porque intentaba convencerla –inútilmente- de que fuera su compañera en el espectáculo que preparaba en el Cabaret Sauvage, sino porque ya era su amigo.
Ana quería compartir con su familia lo que había logrado con mucho esfuerzo, pero de ningún modo porque su padre fuera argentino, sino como algo de ella, como cuando obtuvo el título de socióloga, o cuando ganó la primera beca para investigar.
Fue allí donde terminó su tango noir, ninguna academia o salón de baile le dio ese diploma. Fue su papá, no los milongueros, cuando la abrazó emocionado: genial, maravillosa.
–Es que vos, Ana, lo llevás en los genes
dijo –. C’est génétique –le explicó a Pascal–, mi padre, y sobre todo mi abuelo, fueron grandes bailarines de tango.
A Ana no sólo le sorprendió enterarse de que su abuelo bailaba el tango, sino que su regalo hubiera provocado que su padre hablara de su familia, como quien dice mi papá era zapatero, o era oriundo de tal pueblo. Ana conoce esa sombra que opaca su mirada la rara vez que alguien menciona a los Lasalle, especialmente a su padre, César. Lo odia, podría decir sin exagerar, y por extensión, se imagina, odia a su abuelo, que también se llamaba Hernán, ni para poner nombres tienen imaginación, le había dicho hacía años a Ana su padre, todos, Hernán: su abuelo, su tío, hasta él mismo.
–¿Qué tiene que ver tu padre, tu abuelo? –reaccionó Ana–. Yo pasé horas y horas estudiando.
De ningún modo iba a aceptar que relacionara su regalo de cumpleaños con su abuelo César, ese hombre cruel que tanto mal había hecho a toda su familia.
¿Por qué se le había ocurrido hacerle ese regalo? Un regalo para ella más que para él, una manera de detener esa obsesión con la mirada cálida de su papá y volver al mundo de siempre, a sus libros, sus historias de amor, sus estudios, el cine, sus amigos, a todo lo que ella había dejado, aún no sabe por qué. Lo cierto es que, desde entonces, apenas si ha ido algunas veces a bailar y hasta esta noche no ha vuelto a sentir en su cuerpo esa urgencia de tango.



                                                                                                                       Elsa Osorio